Empecemos por una pregunta: ¿qué nos está pasando que no hallamos la raíz de las atrocidades que amenazan al mundo y que son origen de tanto sufrimiento humano?
Estamos ante un escenario en el que aumenta la violencia entre iguales bajo un paraguas de mentiras, odio, robos y asesinatos.
¿Qué nos está pasando?
¿Por qué cerramos los ojos ante lo que ocurre?
La respuesta está en la historia de la humanidad.
Nos sentimos culpables por haber creado un mundo dividido, enfrentado, alienado y con miedo.
Se ha dado el poder a la especulación usado por Seres sin conciencia y faltos de escrúpulos.
Estamos siendo incapaces de dar el paso a un orden natural. Esa minoría dominante ha conseguido tenernos tan alienados, y con tanto miedo, que no reaccionamos, pero, aún en el caos hay un orden, una esperanza.
Lo primero es tomar conciencia que en el conjunto de la humanidad reside el poder y ese poder nos lleva a actuar.
No somos una gota separada del Océano, somos el Océano, un TODO, una UNIDAD de fuerza, de cambio a una mentalidad próxima al orden natural.
A lo largo de los siglos el ser humano ha buscado respuestas al sentido de su existencia sin encontrarla. Las religiones han dividido, engañado y están al servicio del poder.
Einstein y otros grandes científicos han tratado de demostrarnos que somos energía, todo cuanto existe es energía. En esa misma línea va actualmente la física cuántica.
Carl Sagán (1934-1996) también ha contribuido a mostrarnos nuestro lugar en el Universo, con él pudimos ver la imagen más lejana de nuestro planeta: un punto, un diminuto punto en un espacio infinito del Universo.
Hoy, más que nunca, es necesario rescatar su legado.
Aquí, a continuación, una parte:
“Mira de nuevo ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él se encuentra todo aquel que amas, todo aquel que conoces, todo aquel del que alguna vez oíste hablar, cada ser humano que existió, vivió su vida. La suma de nuestra alegría y sufrimiento, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí -en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol-.
La Tierra es un escenario muy pequeño en la basta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre derramados por todos esos generales y emperadores para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto.
Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina de este pixel sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán fuertes sus malentendidos, cuán ávidos de matarse unos a otros, cuán fervientes sus odios. Nuestra postura, nuestra importancia imaginada, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada por este punto de luz pálida.
Nuestro planeta es una solitaria mota en la gran envolvente oscuridad cósmica. En nuestra oscuridad – en toda esa inmensidad- no hay indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es un único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Asentarse, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos.
Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad y construcción de carácter. Quizá no hay mejor demostración de la locura de los orgullos humanos que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y cuidar ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido” Carl Sagan.
M. Rogonor



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